
Por Alejandro Filippini
A pocos días de cumplirse el 170 aniversario del paso a la inmortalidad del General San Martín, un pescador encontró en las orillas del Río Paraná una parte de las cadenas que habrían sido utilizadas por las tropas de Lucio Mansilla en la famosa Batalla de la Vuelta de Obligado para defender nuestra soberanía frente a la poderosa flota anglo-francesa que intentaba adentrarse en el Río Paraná desconociendo la soberanía argentina. Las cadenas fueron utilizadas como un sistema defensivo que impedía que los 11 barcos de guerra y 100 buques mercantes anglo-franceses avanzaran sobre las aguas de esa arteria central de nuestro territorio que constituye el Paraná.
En la contienda combatieron soldados y soldadas. Participaron los y las pobladores de la zona con donaciones y construyendo las cadenas con lo que estaba a su alcance. El pueblo de Obligado (hoy San Pedro) en su totalidad, comprometido con la independencia y luchando con dignidad. Poco se ha escrito y estudiado sobre las implicancias de esta heroica batalla. Mucho menos sobre las tropas que pelearon y que respondían al Brigadier Juan Manuel de Rosas. Entre sus filas existió un grupo -no menor- de valientes combatientes como Petrona Simonino, Josefa Ruiz Moreno, Rudecinda Porcel, Carolina Suárez, Faustina Pereira a menudo olvidadas en los pocos relatos históricos de tamaña hazaña. Refiriéndose a este hecho la ex mandataria -y actual vice-presidenta- Cristina Fernández de Kirchner dijo el 20 de Noviembre del 2010 al inaugurar un imponente monumento en Vuelta de Obligado: «¿por qué en la escuela siempre nos han enseñado con muchísimo detalle cada una de las batallas, cada una de las campañas en las que nos permitieron liberarnos del yugo español y, sin embargo, se ocultó deliberadamente durante dos siglos todas las luchas que se dieron contra otros colonialismos que aún subsisten como, por ejemplo, en nuestras Islas Malvinas?».
Nos encontramos hoy, como hace 170 años atrás, en una disyuntiva con final incierto. Luego de 4 años de retrocesos sociales, laborales, económicos, culturales protagonizados y profundizados por el gobierno neo-liberal de Mauricio Macri, podemos afirmar con certeza que hemos perdido terreno en el campo de la soberanía nacional. Endeudados como nunca, afrontamos compromisos con acreedores, con organismos internacionales y -para colmo- lidiamos con una pandemia mundial que ha causado estragos en múltiples planos.
El discurso propiciado desde la centralidad del poder económico y mediático se reduce a un clamor de desesperanza, de un país perdido y aislado. En tiempos de angustias y tapabocas estos relatos abruman el inconsciente de nuestros y nuestras compatriotas y minan nuestro autoestima. Como un veneno que penetra nuestras mentes se afirma -y repite hasta el hartazgo- desde los principales medios de comunicación que estamos en presencia de un gobierno «sin rumbo» con signos de autoritarismo. A la vez que se refuerza el sistema de valores y prácticas que sostienen el neoliberalismo: el egoísmo por encima de la solidaridad, la meritocracia como única explicación de la «realización», la percepción de que el otro y la otra es un enemigo (o un competidor), la noción de que el pobre vive «del resto» y es peligroso y por tanto hay que odiarlo, el apotegma de que lo viejo es sinónimo de descartable. De manera más sutil y utilizando los principales dispositivos culturales (aplicaciones para celulares, redes, netflix, etc) se perpetúa esta visión que tiene como objetivo central aislarnos el uno de los otros. Este metamensaje ha tenido efectos más concretos en las clases sociales más altas que caminan apresuradamente a «independizarse» del resto de la sociedad aislándose en barrios cerrados, viviendo detrás de rejas electrificadas, sin tener y sin querer tener ningún contacto con la realidad que los rodea. La extraña manera de sentirse seguros y libres viviendo enrejados.

La soledad y el individualismo son entonces las dos caras de una sociedad que descarta y que pone fecha de vencimiento (como si fuera un comestible) a todo aquello que no entra en los parámetros estéticos y productivos del sistema que se autopercibe, concibe y vende como única alternativa. Se nos propone un tipo de sociedad en la que estamos solos, en la que debemos vivir para trabajar y en la que sólo se es exitoso cuando se acumulan cosas materiales. Una forma de vida gobernada por la ansiedad que se autoregula con ansiolíticos y psicofármacos. Lo afectivo y lo espiritual es concebido como algo anacrónico para quienes pregonan que los derechos individuales se reducen al conocido y vociferado «hago lo que se me da la gana» escondiendo una concepción de persona desligada de todo contexto social e insensible de lo que ocurre a su alrededor.
Debemos entonces pensarnos siempre como una alternativa de esperanza y certezas frente a este panorama desolador. No podemos seguir actuando dentro del campo que nos proponen nuestros adversarios haciendo uso -muchas veces- de sus dispositivos con su sistema de valores. Debemos conectar con la impronta emancipadora de San Martín, Juana Azurduy, Rosas, Perón, Evita, Nestor y tantos otros/as que lucharon y dejaron todo para que pudiéramos vivir en libertad. Libertad, entendida no como un conjunto de individuos aislados, desconfiados, que luchan para diferenciarse entre sí, sino como una comunidad de objetivos compartidos, en la búsqueda del bienestar general y minimizando las dependencias de todo tipo.
Las «mentes anestesiadas» por el consumo descontrolado y los «corazones helados» deben encontrar un contrarrelato en el sentido de comunidad y en el valor de la solidaridad que tanta vigencia tomó durante la pandemia. La relación neurótica y adictiva que cada uno/a tiene con su teléfono celular debe poder ceder ante la ternura y el calor de los lazos afectivos con nuestras familias, amigos y compañeros. Una de las múltiples razones por las que el peronismo fue y es combatido por «el capital» es que vino a proponer una manera distinta de organizar a la sociedad a través de valores, de acciones, de prioridades que nada tienen que ver con los del feroz capitalismo financiero. Basta con adentrarse en uno de los conceptos centrales de la doctrina justicialista para poder entenderlo: «nadie se realiza en una comunidad que no se realiza».
La pandemia y lo que viene después nos propone una oportunidad. El COVID-19 ha puesto en jaque muchas cosas que considerábamos normales o naturales. Es tarea nuestra militante, la de retomar la senda de la autoestima y la «felicidad del pueblo». Nuestro norte debe poder apegarse a la belleza de lo simple, a la contención de los afectos, a idolatrar -no al dinero- sino a aquellos que practican la solidaridad como una forma de vida. Como manifestó el Papa Francisco recientemente, tenemos mucho que aprender de ese «ejército invisible» de las barriadas populares que (con gran esfuerzo, pero con naturalidad) se puso al hombro la enorme tarea de alimentar las almas y barrigas de tantos. Debemos, por tanto, desprendernos de la soberbia puerto-céntrica (que concibe -falsamente- a la Argentina como un anexo de Europa) para integrar a los barrios populares (en derechos, infraestructura y servicios) y dejar que los barrios populares nos integren en su espíritu de abnegación, solidaridad y celebración de la vida.

Las cadenas que debemos romper para emancipar nuestras mentes o las cadenas que debemos utilizar para evitar que se lesione nuestra soberanía como ocurrió en la Vuelta de Obligado debe venir acompañada de una impronta y un sistema de prioridades, ideas, valores y lenguaje que debe empezar por salirse del campo ideológico del adversario. Todo está en disputa. Incluso la libertad. El miedo no puede ser el orden de ninguna sociedad que busque la grandeza y la felicidad. Nosotros debemos convertirnos en un nuevo tipo de orden que otorgue certezas ante tanto desconcierto y cuyos ejes rectores sean la solidaridad y la fraternidad y sororidad. Se vuelven indispensables, entonces, las palabras de Cristina Fernández de Kirchner aquel 20 de noviembre del 2010 «será necesario despojar nuestras cabezas de las cadenas culturales que durante tanto tiempo nos han metido. Son más fuertes, más invisibles, más dañinas, más profundas que los cañonazos. Porque muchas veces nos hacen ver las cosas no con el cristal de la patria, sino con el cristal de los intereses de otros.»
